Colección de mis novelas favoritas de Stephen King

Relato:

El asesino:

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Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta que no sabía quién era, ni qué estaba haciendo ahí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni qué había estado haciendo antes. No podía recordar nada. La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, cintas transportadoras y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas. Tomó uno de los revólveres terminados desde una caja donde estaban siendo automáticamente empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada. Recogió el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas. —¿Quién Soy? —le dijo pausadamente, indeciso. El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la impresión que no le había escuchado. —¿Quién soy? ¿Quién soy? —gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista. Agitó el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó y, con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo. Él recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más

Novela:

El resplandor:

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En ese aposento… se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del reloj salía un tañido claro, resonante, profundo y extraordinariamente musical, pero de un timbre tan particular y potente que de hora en hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir… para escuchar el sonido; y las parejas danzantes cesaban por fuerza en sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y mientras aún resonaban los tañidos del reloj, se notaba que los más vehementes palidecían y los de más edad y más sensatos, se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a un confuso ensueño o meditación. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas se difundían por la reunión…; y se sonreían de su nerviosidad… mientras se prometían unos a otros en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta minutos… el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación de antes. Mas a pesar de esas cosas, la jarana era alegre y magnífica

Carrie:

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El escalofriante caso de una joven de apariencia insignificante que se transformó en un ser de poderes anormales, sembrando el terror en la ciudad
Con pulso mágico para mantener la tensión a lo largo de todo el libro, Stephen King narra la atormentada adolescencia de Carrie, y nos envuelve en una atmósfera sobrecogedora cuando la muchacha realiza una serie de descubrimientos hasta llegar al terrible momento de la venganza
Esta novela fue llevada al cine con un inmenso éxito de público y crítica.

La zona muerta:

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Cuando terminó sus estudios universitarios, John Smith había olvidado por completo la fea caída que había sufrido en el hielo en aquel día de enero de 1953. En verdad, le habría resultado difícil recordarlo cuando terminó la escuela primaria. Y su madre y su padre nunca se enteraron de que se había producido. Estaban patinando en un tramo despejado del estanque Runaround, en Durham. Los niños mayores jugaban al hockey con viejos palos remendados y utilizaban como metas un par de cestos de patatas. Los críos más pequeños se entretenían como han venido haciéndolo desde tiempos inmemoriales, arqueando cómicamente los tobillos hacia dentro y hacia afuera, resollando en la atmósfera helada a ocho grados bajo cero. En un ángulo del tramo despejado, dos neumáticos ardían despidiendo abundante hollín, y unos pocos padres permanecían sentados en las inmediaciones vigilando a sus chicos. La época de los quitanieves todavía estaba lejos, y la diversión invernal aún consistía en. ejercitar el cuerpo y no un motor de gasolina. Johnny había bajado de su casa, situada un poco más allá del límite de Pownal, con los patines colgados al hombro. A sus siete años era un patinador bastante diestro. Todavía no estaba en condiciones de participar en los partidos de hockey de los niños mayores, pero podía describir círculos alrededor de la mayoría de los otros críos de su edad, que hacían girar constantemente los brazos para conservar el equilibrio o caían despatarrados sobre sus asentaderas. En ese momento patinaba lentamente por el perímetro exterior del tramo despejado, lamentando no poder deslizarse hacia atrás como Timmy Benedix, mientras escuchaba cómo el hielo retumbaba y crujía misteriosamente más adelante bajo la capa de nieve, y mientras escuchaba también los gritos de los jugadores de hockey, el traqueteo de un camión cargado de madera que cruzaba el puente rumbo a U. S. Gypsum en Lisbon Falls, el murmullo de la conversación de los adultos. Se sentía muy feliz de estar vivo en ese frío y hermoso día de invierno. No tenía ningún problema, nada lo inquietaba, no deseaba nada… excepto poder patinar hacia atrás como Timmy Benedix. Pasó patinando junto al fuego y vio que dos o tres de los adultos hacían circular una botella de licor.

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